domingo, 29 de enero de 2012

La Pausa

Mientras el vapor del agua subía desde su taza de té a la madrugada, él tenía la mirada fija, totalmente fija, a un punto del vacío al cual conocemos como pensamiento, ¿será ese punto insustancial, ese punto, al que solo llega la mente?

Mientras él miraba a ese punto fijo y su té se enfriaba, el tiempo afuera pareciera haberse detenido por completo: No había ningún ruido, el viento había parado, su ventilador era quizá lo único en el mundo lo cual se movía en ese momento. Esta persona en especial, se encontraba hundida en su propia mente, sería incorrecto decir que estaba dormido puesto que estaba despierto, únicamente que no lo aparentaba. Afuera, era una noche tranquila, despejada, pareciera que no había absolutamente nadie en la calle. Él se imaginaba en sí, desde su silla mecedora, como el mundo debería ser tan apacible como ese momento, aún si así lo fuese, el mundo estaría mejor, más calmo.

Pensar lo que un té negro, endulzado con miel de mala calidad, servido en una taza vieja, marcada, casi rota, puede hacer a una persona, lo que la puede llevar a pensar. Posiblemente navegar en un mar de aguas oscuras, buscando el oro de algún pirata, o simplemente viajar para desarraigarse de donde toda su vida había pasado.

Este tipo ni pestañeaba, ni un musculo movía, desde su fijo punto el cual su vista intentaba extricar, -¿cumplir con lo imposible?-meditaba él mientras desde su quietud se movía libremente, siempre sin moverse.

Su té parecía no enfriarse nunca, pasaban y pasaban las horas y no amanecía. Un típico ademan, algún movimiento, alguna historia relataba su mente. Ni el reloj se movía, aparentemente sin pilas, ni en su radio se escuchaba a Carlos Gardel, tango que él había bailado alguna vez en su vida.

¿En qué estaría pensando aquel tipo desde aquella mecedora, con su té humeante frente a él? ¿Sería alguna actividad suya? ¿A qué se pudo deber tal trance?

Uno por lo general suele olvidarse de todo un par de veces al día, pero no quedarse así, casi como un muerto. Probablemente estaba volando, más allá de la realidad conocida, quizá perdiéndose entre los barnices y marcas en su techo de madera, quizá intentando pintar con los ojos a una Gioconda, procurando ser un Da’ Vinci o algo más. Quizá estaba imaginando una obra de Borges o quizá un drama de Sófocles, o hundiéndose en las aguas del Mar Egeo, buscando los huesos del antiguo rey de Atenas.

Que su consciencia no era completa estoy seguro. Aunque de súbito, una convulsiva palabra rondando en su mente lo avivaba como si de una brasa se tratase, pero aún así, ningún movimiento expresaba su cuerpo. Fiel al tiempo y a las cuerdas que tejen a la realidad, el Sol procuraba salir por el Oeste, pero ni aún así el mundo se movería: todo estaba en una completa quietud. Ni el reloj se movía, ni el Sol saldría, ni el té se enfriaba mientras este tipo estaba en su mecedora intentando extricar a las extraños nudos de su madera o a sus barnices marinos, probablemente su mente fuera lo único que se movía en ese momento, que estaba oscilando por su cabeza, perdida en un mar, buscando el tesoro de algún pirata o buscando los huesos del antiguo padre de Teseo.

Que rara imagen era esa, en la cual nada se movía, nada sucedía. En la cual, un té negro hacía bailar unos delgadísimos hilos de vapor, provenientes de esa taza vieja, taza que una amiga le había regalado en alguno de sus cumpleaños. Como el mundo de repente se había parado, como todo se hallaba en perfecta armonía, pero aún así, esta armonía no tenia explicación. Ni un ejército de Stephens Hawkins hubieran podido deducir que estaba sucediendo. Inclusive un grano de pólvora a medio quemar, para que un proyectil saliera de su arma se habría quedado quemando, sin prender nunca a los demás, sin terminarse de quemar a sí mismo.

Ligeramente todo fue volviendo a la realidad, su mente disipándose entre pensamientos  que todavía no pude descifrar, el reloj marcando las tres y media pasadas de la mañana y su segundero moviéndose tan rápido como el tiempo lo designa, su té enfriándose en sus labios mientras él lo tomaba de esa taza vieja, pensando que quizá Egeo no aparecería nunca. Mientras sonaba una vieja melodía de Carlos Gardel en su radio, recordándole su adolescencia, la realidad volvía en sí, pero su mente nunca lo recordaría.
Eric N. Palmieri (Espíritu-del-Viento)

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